Esa sensación después de ver una
película y creer que todo está perdido. Esa sensación mucho más grande que una
simple depresión. Ese sentimiento de desesperanza, de dolor, de tristeza. Esa
sensación de que no importa cuánto puedas hacer, va a seguir siendo
insignificante.
Puede sonar exagerado, extraño, incluso
naif; pero cuando uno llena su alma, su corazón, su mente de ilusiones, utopías
y esperanzas, es desolador ver como en un simple minuto todo puede llegar a su
fin, cómo sin importar las fuerzas con las que uno luche, no necesariamente
esas fuerzas, ganas y esperanzas se transformen en realidades.
Lo cierto es que uno siempre se llena de
ilusiones, es la forma que encuentra el ser humano para poder salir adelante de
los problemas que pueda llegar a tener. Pero cuando esas ilusiones son más
grandes, cuando va más allá de un simple sueño, cuando dejan de ser ilusiones y
pasan a ser utopías e ideales, es más desolador para el alma ver la forma en
que todo puede terminar con un simple parpadeo.
No caben dudas que después de estos sentimientos
uno vuelve a recobrar las esperanzas, creyendo que todo puede ser mejor, que
todo puede salir adelante y que esos ideales pueden transformarse en
realidades. Pero lo real es que siempre existen esos sentimientos cruzados,
esos pensamientos positivos y negativos que pelean por ganar. Y por un tiempo
ganan los negativos, y creemos que todo está perdido, que no hay salida de esa
realidad que no nos gusta y que nuestros ideales son simples utopías que van a
terminar muriendo con nosotros. Pero dejarse guiar por el miedo, dejar que
nuestros temores nos manejen es peor que ser utópico y después creer que esas
utopías van a morir con nosotros. Dejarse dominar por el miedo es morir en
vida, y estar muerto en vida es peor que morir con y por nuestros ideales.
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