La castaña
se sentó en la cama, un café sobre la mesa de luz y las fotocopias que debía
leer a su lado; tomó la primera y la miró, no sabía de qué se trataba pero se
quedó observando la poco pulcra letra de su amiga. “S.T. siempre al rescate” le había escrito la clase anterior de Matemáticas,
clase en la que ninguna de las dos entendía cómo era que debían hacer las
cosas.
Se sentó en
la cama y tomó una de las fotos colgadas en el corcho. No tenía muchas ganas de
ponerse a hacer ejercicios y, en realidad, su mente vagaba trayéndole distintos
recuerdos. Miró la fotografía por un momento, todavía recordaba esa escena como
si hubiese ocurrido el día anterior.
La pelirroja, cansada de esperar a su amiga
en la puerta de la residencia Elizabeth I, decidió ir a buscar a la castaña al
edificio Newton, lugar en el que Sofía padecía sus clases particulares con el
profesor de Matemáticas. Llevaba dos vasos de café y aguardaba, recargada en la
pared, la salida de su amiga.
A las seis en punto la puerta se abrió y
Victoria pudo ver a la castaña salir del edificio acompañada del profesor
Saller, bajaron los escalones juntos y separaron sus caminos.
-¿Y?- preguntó la pelirroja. Sofía parecía
mareada, no paraba de rascarse la cabeza y refregarse los ojos.
-No me entra más conocimiento, Face-
respondió recargándose junto a su amiga y tomando el café que ella le tendía-,
te juro que tengo la cabeza absolutamente quemada.
-Bueno, quizá lo que veas ahora te cambie un
poco el panorama- dijo Tori al ver pasar caminando a Victorio, Alejandro y
Adrián, sus profesores de literatura, filosofía y química respectivamente.
-Hola, sí… poder venir a enseñarme a leer
cuando quieras- murmuró Sofía. Ambas se miraron de reojo y largaron una
carcajada. Se conocían lo suficientemente bien como para saber que mirar a un
chico implicaba alguno de esos comentarios, pero no podían evitar la risa
cuando la otra los hacía.
Victoria se acomodó el pelo automáticamente;
para la castaña ese no era un problema, llevaba su boina perfectamente
acomodada y los mechones de pelo caían lacios y bucleados sobre sus hombros.
El ruido de
la lluvia hizo a Sofía volver a la realidad, en algún momento de toda esa
escena había aparecido su prima para sacarles esa fotografía. En realidad, y si
la sacaban del contexto, lo que se veía no era más que dos amigas recargadas
sobre una pared, charlando y riendo. Pero para ellas, que sabían quiénes
estaban del otro lado de la cámara, en realidad no significaba sólo eso.
Se volvió a
recostar en la cama, estaban a pocos días del invierno y eso significaba que ya
se acercaba la fecha en la que se cumplirían doce años de conocer a su
explosiva amiga. Intentó recordar cómo había llegado la pelirroja a su vida, en
qué momento dejó de ser simplemente la vecina de sus tíos y comenzó a ser su
amiga, pero no lograba recordarlo… quizá había pasado muy rápido, no lo sabía,
pero simplemente no se imaginaba su vida sin esa chica.
Inconscientemente
comenzó a pensar en todo lo que significaba para ella. La pelirroja, su aliada…
la había lastimado tanto y, sin embargo, ella seguía ahí, al pie del cañón,
lista para cuando su castaña amiga la necesitara.
Tori era la
hermana que Sofía nunca había tenido, y simplemente eso podía responder cada
vez que le preguntaban por qué esa chica que, a simple vista, parecía tan
arisca y mala era tan importante para ella. No lograba imaginar un día sin su
pelirroja, sin sus mensajes a cualquier horario y diciendo cualquier tipo de
cosa.
Se habían
peleado miles de veces pero se habían arreglado siempre, sin importar el tipo
de pelea que hubiesen tenido. Y, a pesar de cualquier adversidad que hubiesen
pasado, siempre supieron que en la otra podían encontrar un puerto al que
volver cada vez que necesitaran tocar tierra conocida.
Tori era una
bomba a punto de estallar en cualquier momento, pero siempre estaba dispuesta a
prestarle su oído a la castaña. Siempre estuvo ahí para ella, en todo momento,
en cualquier circunstancia. Y, ante todas las cosas, siempre estuvo dispuesta a
defenderla ante cualquier persona que quisiera lastimarla.
No eran
demostrativas pero, a su manera, lograban expresar el amor que se sentían. En
su forma, medio agresiva medio tierna, ciclotímica y a las puteadas, ambas
sabían que en la otra habían encontrado una hermana con la que contar siempre
y, por sobre todas las cosas, fiel. Porque ese era uno de los rasgos más
importantes que la castaña rescataba de su amistad con la pelirroja, sin
importar nada siempre le fue fiel.
Victoria era, principalmente, esa chica que la
acompañaba a volar pero que, también, la ayudaba a recordar el terreno por el
que caminaba. No recordaba la última vez que habían logrado mantener una
conversación seria. Pero, ¿para qué quería tener una conversación seria cuando
podía tener mil y una conversaciones extrañas que empezaban en un punto y
terminaban en otro totalmente distinto?
Su amistad
con la pelirroja era eso, siempre a las puteadas y a las piñas, pero se
conocían lo suficiente como para saber qué decir y cuándo decirlo. No había
pensamiento que cruzara la mente de la castaña que no fuese, automáticamente,
escrito en un mensaje y enviado a su amiga. No había secretos entre ellas
porque, aunque intentaran guardar algo, no lograban mantenerlo escondido por
más de dos segundos; simplemente se conocían tanto que lograban saber cuándo la
otra quería decir algo o estaba ocultando algo, incluso podían saber cuándo era
un secreto o cuándo era una situación que, en realidad, la angustiaba y por eso
lo escondía.
Sabían qué
decir y qué no para lastimar o hacer sentir mejor a su amiga; sabían cuál era
el momento indicado para hablar y en cuál debían permanecer calladas y dejar
actuar a la otra; incluso sabían cómo actuar para demostrarle que estaba
errando pero sin decir una palabra.
Los consejos
de la pelirroja siempre eran los mejores porque, principalmente, nadie entendía
y conocía a la castaña como lo hacía esa chica. Conocía sus sentimientos, sus
modos, sus actos; sabía cuándo era temor lo que paralizaba a su amiga o cuándo
actuaba acorde a su modo de ser. Conocía cada recóndito rincón de la mente y
del corazón de la castaña y era, por eso, que podía aconsejarla mejor que
nadie. La conocía tanto que incluso sus consejos sobre el amor eran los
mejores, no había como la pelirroja para entender todos los problemas de Sofía
con ese tema y para hacerla entrar en razón hablándole desde ese punto.
Sus padres
nunca le habían dado una hermana, pero la vida se había encargado de
presentarle a la castaña una, quien, en su opinión, era la mejor que podía
haberle tocado. Las diferenciaban centenares de rasgos, físicos y mentales,
pero su unión era más fuerte, iba más allá de esas diferencias. Porque,
principalmente, las unían miles de otras cosas: su pasión por la música; su
amor a Ska-p, esa banda que las había unido cada día más; sus libros, conocidos
o desconocidos, pero que ambas disfrutaban tanto juntas como separadas; su
pasión por la escritura, pasión que las unía siempre que podía; sus miles de
mensajes de texto que siempre terminaban en canciones; las películas, series y
dibujos animados; sus profundas ganas de ir, siempre, al cine; su pasión por el
fútbol, tanto para jugarlo como para verlo. Pero también las unían miles de sus
formas de ser: su manera de rechazar todo aquello que rozara lo cursi y
extremadamente romántico; su manera de vivir a las puteadas y mandando a la
mierda a la gente; no dejarse pasar por encima, no dejarse atropellar por
nadie.
Sofía sabía
que ambas tenían motivos para mandarse a la mierda y cortar con esa amistad,
pero simplemente no podía concebir su vida sin esa chica. Amaba con todo su
corazón a su pelirroja amiga, era capaz de hacer cualquier cosa por ella y
trataba de demostrárselo cada vez que podía. Pero, por sobre todas las cosas,
admiraba profundamente a esa chica; su capacidad de ser fuerte siempre, sin
importar la circunstancia que la rodeara; su modo de encontrar luz en plena
oscuridad; su forma de ser, de no dejarse pasar por encima por nadie, nunca; su
modo de hacer siempre todo a su forma, incluso en los momentos en los que no debía
o no podía hacerlo así. Y, principalmente, lo que más amaba de su pelirroja
amiga era que siempre, ante todas las cosas, se había encargado de enseñarle a
la castaña a ser mejor persona todos los días.
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